INSTITUTO TEOLOGICO SALESIANO
"Cristo Resucitado"
Afiliado a la Facultad de Teología de la Universidad Pontificia Salesiana – Roma
"Cristo Resucitado"
Afiliado a la Facultad de Teología de la Universidad Pontificia Salesiana – Roma
Estos 25 años transcurridos desde aquel 8 de diciembre de 1983, fecha en que fueron bendecidas e inauguradas las instalaciones de este Instituto Teológico, han sido años fecundos al servicio de la Iglesia, de la Congregación -en sus variadas Inspectorías del Continente-, y de las distintas familias religiosas, así como de laicos y agentes de pastoral que han frecuentado estas aulas y han querido formarse en vista al Ministerio presbiteral y/o de la acción pastoral.A lo largo de este año “jubilar” hemos tenido diversas expresiones de celebración por este acontecimiento de aniversario. Y es precisamente este Congreso que hemos vivido, el centro de esta acontecimiento jubilar, teniendo como escenario teológico e hilo conductor, la Carta Encíclica de S.S. Benedicto XVI: “«Salvados en la esperanza». La esperanza cristiana y sus retos ante el mundo de hoy”.
Ya en los objetivos se ha trazado la finalidad de este encuentro, sobre todo teniendo en la mira la búsqueda de nuevas formas audaces para relanzar nuestra propuesta teológica-educativa-pastoral al servicio de la Iglesia, sobre todo frente a los retos que hoy en nuestro contexto histórico se nos presentan y de cuya repercusión lo viven más directamente las jóvenes generaciones.
El hombre de nuestros tiempos es un ser sediento de esperanza y, aunque hay muchas razones para experimentar esta virtud, también nos encontramos con muchos elementos que motivan a la experiencia de la desesperanza.[1]
Fue al inicio del tiempo litúrgico del Adviento, que con toda su carga de espiritualidad y de vivencia en el ejercicio de la esperanza, el Santo Padre Benedicto XVI nos ofreció una Encíclica cuyo argumento versa precisamente sobre la esperanza y que es al mismo tiempo una luz que ilumina, una palabra que nos llena de valor y nos estimula a vivir en esta dimensión.
Hemos sido testigos que al hablar de la esperanza no podemos olvidar la fe, y viceversa, al mismo tiempo el recuerdo y la presentación de aquellos grandes testigos de ayer y de hoy que han vivido, desde su experiencia de Dios, las más crudas y crueles realidades sostenidos por el dinamismo de la experiencia cristiana de la esperanza puesta en Aquel que no puede defraudarnos.
También hoy nosotros, para poder afrontar el presente con todos sus problemas y sus dificultades, absolutamente tenemos necesidad de una esperanza y de una esperanza verdaderamente válida y firme. No podemos engañarnos con anhelar una esperanza que sea paliativa de las dificultades que la vida cotidiana nos presenta; eso sería caer en la mediocridad y el conformismo. Tampoco podemos ilusionarnos en una esperanza que pretenda dar respuestas enciclopédicas mientras vamos de camino por la vida. Nuestra fe cristiana no consiste en aceptar un cierto número de verdades abstractas, sino que consiste en dar la propia adhesión personal a la persona de Cristo, para ser salvador por Él y ser introducidos en la comunión divina de su propia vida. La verdadera esperanza nos viene dada por el encuentro personal con el Dios vivo y verdadero por medio de Cristo y de su Espíritu.
Estos días del Congreso, si se me permite la comparación, hemos sido tomados de la mano y llevados a contemplar la esperanza desde diversos enfoques que ahora nos ayudan a situarnos frente a la propia experiencia de vivenciar la esperanza recibida como don de parte de Dios y traducida en tarea para nuestra vida de cada día.
Con lenguaje sencillo, pero no por eso banal ni superficial, nos hemos adentrado en la comprensión escriturística de la esperanza, precisamente como camino de esperanza de un pueblo que se esfuerza por vivir en clave de alianza su relación y su encuentro con Dios, alcanzando en Cristo resucitado y en la fuerza del Espíritu que nos ha sido dado, la mejor garantía de vivir la salvación que nos ha sido dada como prenda y anticipo de lo que seremos en plenitud.
En los últimos tiempos eclesiales se nos ha insistido tanto que hoy necesitamos, más que de maestros, de testigos que nos ayuden a captar la credibilidad de la esperanza que nos da nuestra fe en el Señor resucitado. Entendemos que la esperanza no es una realidad individualista, aun cuando todavía muchos lo piensen de esa manera, sino que la auténtica esperanza cristiana aspira a una salvación comunitaria, exigiendo como presupuesto, el éxodo de una prisión del propio yo para acoger, en el amor en todas sus dimensiones, todo aquello que viene de Dios y une a Dios y a los hermanos.
La contemplación de la realidad que vivimos nos hace pensar en la necesidad de dar respuestas no ingenuas ni infantiles. Seguimos teniendo necesidad de las pequeñas o grandes esperanzas, que, día tras día, nos mantienen en el camino. Pero sin la grande esperanza, que debe sostener todo el resto, ellas no bastarían. Esta grande esperanza puede ser sólo Dios, puesto que él es el fundamento de la esperanza. Sólo su amor nos da la posibilidad de perseverar día tras día, sin perder el impulso de la esperanza, en un mundo que, por su naturaleza, es imperfecto.
Los lugares donde aprendemos a vivir y a ejercitarnos en la esperanza son precisamente aquellos lugares donde la expresión más nítida se concretiza en la cotidianeidad de nuestro ser: la vida misma. El Papa menciona la oración como escuela de esperanza; el actuar y el sufrir como lugares de aprendizaje; y el Juicio (con mayúscula) como lugar también de aprendizaje y de ejercicio de la misma esperanza. Hemos escuchado que el justo modo de orar es un proceso de purificación interior que nos hace ser capaces para Dios y también ser capaces para los hombres; realidades que, lejos de cerrar expectativas y crear escapatorias, nos abren al Absoluto y al prójimo. El Santo Padre escribe a este respecto diciendo en la Encíclica, que para alcanzar esta finalidad, la oración “debe ser siempre de neuvo guiada por las grandes plegarias de la Iglesia y de los santos, de la oración litúrgica, en la cual el Seññor nos enseña a orar de un modo justo” (n. 34). “Así llegamos a ser capacer de la grande esperanza y también ministros de esperanza para los demás: la esperanza en sentido cristiano siempre es esperanza para los otros”. En la escuela del sufrimiento, la esperanza se nos muestra como la capacidad de aceptar la tribulación y en ella madurar, encontrando el sentido mediante la unión con Cristo. Cuántos testigos de esperanza nos han precedido y cuántos hoy son nuestros contemporáneos, de toda clase y condición.
Es cierto que, ahora nosotros, cristianos de esta hora, insertos en esta cultura, como hijos de nuestro tiempo, la esperanza no será sino el camino a recorrer, como creyentes y discípulos del Señor, con una convicción cada vez más auténtica y comunicadora, de aquello de lo que estamos llamados a ser para los demás: signos y portadores de su amor y de su esperanza para aquellos y aquellas de los que nada ni nadie quiere esperar.
Hoy el mundo se nos presenta como el campo de nuestra tarea-misión, insertada en la diversidad de realidadades, para ser aquellos que manifiestan, portan y comunican la esperanza. Amplitud de realidades que hoy vemos con optimismo porque tenemos la confianza en Aquel en quien hemos puesto nuestra esperanza y en quien sabemos que dará el crecimiento a nuestra limitada tarea. Como profetas de esperanza en una realidad en donde se ha marginado al Dios-Amor, necesitamos estar convencidos de lo que somos y de creer lo que somos; de recorrer también nosotros el mismo camino de la vida, haciéndonos compañeros de viaje de aquellos que el Señor, en su Providencia, nos confía a nuestros cuidados.
Al término, pues de este Congreso, no me queda sino elevar una acción de gracias muy sentida, a Dios nuestro Señor en primer lugar, por hacernos el don de este tiempo de gracia (este kairós del que se hablaba en la inauguración); un agradecimiento a quien ha estado más directamente al frente de la concepción y organización logística de este Congreso, al p. Eduardo Lara, secretario de este instituto y docente en el mismo; el gracias sincero a cada uno de los expositores-conferencistas, que desde su rica y amplia experiencia nos han ayudado a comprender en variadas perspectivas y acentuaciones la grande riqueza de nuestra esperanza cristiana: Lic. Pedro Angel González, P. Camilo Maccise, Mons. Samuel Ruiz, Lic Javier Ruiz, Sor Gabriela Murguía; así como a los panelistas: los padres Guillermo Rodriguez, Francisco de Asis de la Rosa, Jorge García Montaño y Luis Antonio Alvarez; un sincero agradecimiento a los estudiantes de teología que, desde los inicios de su organización y ahora en realización, se han visto implicados en un generoso y dedicado trabajo.
Como en otras ocasiones hemos escuchado decir, ahora lo aplico a esta nuestra Casa de Estudios… se ha escrito una historia en estos 25 años; pero auguro que haya todavía, con el favor de Dios, una larga historia por escribir. Una Institución que, desde sus orígenes ha estado y que queremos seguir estando, “al servicio de la Iglesia”, de la Congregación y de todos ustedes.
Confiando en el auxilio de María Sma., que “lo ha hecho todo” y que es la estrella de la esperanza, declaro Clausurado este Congreso Teológico.
P. Mario M. Torres, sdb
R E C T O R
[1] Cfr. D. Borobio, Sacramentos y esperanza, en Phase 48(2008) 143.
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